Para ser iguales en derechos y libres de toda opresión

15 - 12 - 09

Por Wilfredo Ardito Vega

Hace unos años, una institución preocupada por los niños pobres me invitó a una reunión de trabajo, no en sus oficinas, cerca de la avenida Brasil, sino en un lujoso hotel de San Isidro.

Seis o siete personas estábamos en una sala pequeña, sentados en torno a una mesa atiborrada con todo tipo de sánguches, alfajores, relámpagos, piononos, empanadas, pizzas diminutas, además de café, jugos e infusiones que servían con guantes blancos dos acartonados mozos.

No había ningún niño pobre presente y, por supuesto, con el costo del espléndido lonche un centenar de ellos habría podido comer durante varios días. Era difícil concentrarse en hablar sobre la exclusión con tanta comida a la vista, más aún si la reunión no tenía una agenda clara y no parecía importante llegar a ninguna conclusión.

¿Por qué la institución que me invitó estaba gastando dinero de manera tan, digamos, poco productiva? Cualquiera que haya trabajado en proyectos financiados por cooperación internacional comprenderá la respuesta si le cuento que estábamos a mediados de diciembre. La institución tenía sin duda que "cerrar el proyecto" y se veía urgida a gastar todo el dinero asignado a como diera lugar.

Como suelo explicar a mis alumnos, las ONGs no nacieron para ejecutar proyectos, sino para promover procesos sociales en beneficio de las personas más desfavorecidas. El problema, como me decía el comprometido director de una de estas instituciones, es que "cada vez aumentan las que se dedican a ejecutar proyectos y no a promover procesos". Es decir, desarrollan las acciones dispuestas en el presupuesto, aunque no tengan mayores consecuencias para los supuestos beneficiados.

Por eso he asistido a eventos donde los organizadores ni siquiera parecían preocupados porque que los asistentes entendieran las conferencias, menos aún para que cambiaran algún comportamiento. Lo único importante era que la sala estuviera llena, para que se vean bien las fotos y, por supuesto, que comieran bien: aún para una charla de media hora algunas entidades estilan repartir empanadas.

Estas actitudes generan que mis amigos que no trabajan en ONGs las perciban con escepticismo. "Todo lo que he visto es mucho dinero y pocos resultados", dice uno de ellos y supongo que cualquier lector coincidirá en que es innecesario ir a El Señorío de Sulco para hablar sobre los problemas de la justicia o al restaurante La Huaca para reflexionar sobre la incidencia del VIH.

De hecho, algunos proyectos se formulan incluyendo una parafernalia de banderolas, credenciales a todo color, equipos de sonido, grupos de teatros, mimos, danzantes de tijeras (todo esto he visto). En Huancavelica, Apurímac o Ayacucho, a veces pareciera que para algunas ONGs el resultado esperado fuera: "Mejorar los ingresos de los hoteles más lujosos de la ciudad". Algunas de ellas, en realidad, no parecen haber logrado otro resultado. También en Lima hay hoteles elegantes que ofrecen beneficios a las secretarias de las ONGs si logran que en sus instalaciones se realicen foros o seminarios.

No es malo en sí mismo que en torno a las actividades de cooperación prosperen imprentas, diagramadores, artistas, sonidistas, consultoras o agencias de viajes, pero, paradójicamente, cuanto más se gasta en "incidencia", menos resultados se tienen; a más se gasta en "visibilidad" peor es la imagen de la entidad.

"Nos odian", revela preocupada una funcionaria de una organización internacional "por todo el dinero que manejamos".

El problema no sólo es hacia fuera: "Se puede generar un problema de cinismo institucional", me cuenta un amigo especialista en asesorar empresas en crisis, "si la institución pregona que lucha contra un gravísimo problema (el SIDA, la desnutrición infantil, la violencia familiar) y los empleados saben que se gasta mucho dinero en cosas poco trascendentes". La principal consecuencia es una generalizada desmotivación. "Desde que llegó el financiamiento, todo lo que hacíamos voluntariamente se quebró", manifiesta el líder de una organización social. "Ahora el dinero sobra por acá", me dice un antiguo activista de Andahuaylas, "pero nos damos cuenta que el problema es la gestión". Al mismo tiempo, en el tema contra el racismo, puedo decir que ni el retiro de La Paisana Jacinta, ni las Ordenanzas, ni las sentencias de Indecopi se lograron financiando cocteles, almuerzos, toldos o consultores.

Me causa pena cómo algunas personas quedan atrapadas en esta sucesión. El sacrificado activista se convierte en un gerente que busca marquetear su institución. La joven abogada pasa de dar charlas a campesinas a decidir de qué color es el toldo o qué marca de vino servir. "Uno puede terminar reproduciendo el problema que pretende combatir", advierte una señora que empezó a trabajar en ONGs hace más de treinta años.

A las agencias y las instituciones les corresponde reflexionar sobre sus prácticas y cuestionar si algunas de sus actividades no pueden perder sentido o volverse contraproducentes (he conocido a algunas entidades que han sabido enmendarse en el camino). A los beneficiarios les corresponde exigir que se corrijan ciertos comportamientos supuestamente ejecutados en nombre de ellos.

 

Fuente: Reflexiones peruanas - LaMula

 

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Publicado por jota.ele @ 11:39  | Actualidad
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